Leonidas, mi abuelita.

Leonidas, bella y fuerte, debajo de las seis y pico de la mañana. Con el sueño despabilado. Paciente, arreando las reses, hacia el encuentro del trueque que alimentará más tarde a sus hijos. Tras de ella, oculto en el pincel, aparece Daniel, primer y único hijo varón de uno de los amores más esquivos y pasionales que tuvo, un niño ahora en el paisaje de nueve años jalando leñas atados a un manojo. Siglos después, un descendiente suyo recordándolos, lleno de cariño y profundo suspiro entre el oxígeno de un café y los aromas libres del lienzo. 

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