Preparando el café.

He lavado, con esmero y muy temprano, los ángulos brillosos de las partes, incluido el filtro y el embudo de aluminio, de la cafetera italiana que me regalaste. También el jebecito transparente que va por debajo y alrededor de la bóveda de ebullición. Esta cámara superior se enhiesta como una catedral y muestra el garbo de su figura que la caracteriza. En el segundo compartimento, hasta el nivel de la válvula, vertí el agua tibia. Minutos antes había molido el café como me enseñaste; «en cada vuelta de la manija, al unísono con el crujir, respira profundo», me decías. Con cuidado, puse el café molido sobre el lecho del filtro, y me dió la impresión por segundos que estaba iniciando un ritual de siembra. Enrrosqué las partes y las puse en el fuego. Abrí la tapa y esperé unos minutos. El primer reventar de la ebullición era inminente. Agarré diligente de la alacena la tacita con bordes dorados y dibujos en alto relieve, como en un friso griego, de flores juntas en racimo, la misma tacita aquélla de hace veintidós años, en nuestro primer día de casados. Recordé el zaguán amplio que recorrimos después de la fiesta de bodas y terminamos a dar en un gran paisaje, poblado de árboles frondosos, de hierba suave al caminar y de un agradable olor a tierra fértil. Nuestro beso se consumó en nuestras memorias. Mi vigilia se encendió.

  • 18/02/19

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